Andrea Giunta es doctora en Filosofía e historiadora de arte por la Universidad de Buenos Aires. También es curadora, escritora y miembro del colectivo “Nosotras proponemos”. Desde Argentina, visitó Montevideo para presentar su último libro: Feminismo y arte latinoamericano. Historias de artistas que emanciparon los cuerpos (Siglo XXI), en el Espacio de Arte Contemporáneo, ocasión en la que charló con La Mirilla.
Foto: Sofía Remedi

Vas a ser la curadora de la Bienal del Mercosur 2020. ¿Cómo surge esta propuesta y cómo te estás preparando para la exposición?

El nombramiento es muy reciente, la Bienal se inaugura en abril de 2020. Me invitaron a presentar una propuesta a una Bienal que ya tenía como tema central la mujer, el género, sus problemáticas. El proyecto que presenté fue el seleccionado. Coincide con la publicación de mi libro Feminismo y arte latinoamericano y con otra cocuraduría sobre Mujeres Radicales, que estoy realizando junto a Cecilia Fajardo-Hill en la Pinacoteca de San Pablo. Por lo tanto, es una continuación de otras actividades recientes vinculadas a estos temas. La Bienal tendrá actividades preliminares que comienza el 6 de noviembre en Porto Alegre, con un seminario que incluye en su agenda temas como el derecho de familia, de la mujer, la legislación integral de personas, la performance, la historia del arte feminista en Brasil, las perspectivas interseccionales y el arte de mujeres afrodescendientes en Brasil. Una compañera trans realizará una presentación, habrán tres performances, y contaremos con la presencia de Rosana Paulino, una artista que ha desarrollado una rigurosa investigación sobre la representación de lo afrobrasileño.

¿Considerás que la performance ha cambiado la manera de cómo se veía el cuerpo femenino hacia una mirada actual, quizás más íntima?

Creo que hubo una transformación. Desde aquel ojo codificado desde el deseo masculino mirando el cuerpo femenino, hemos pasado a otras miradas, internas, subjetivas, sociales. Si bien se conceptualizó en relación al cine en los años 70 (Laura Mulvey y su artículo sobre Hollywood fue central), este proceso ya había comenzado en los 60. Estas artistas mujeres produjeron un giro respecto a la mirada del cuerpo femenino. Para mí, es el giro más radical del siglo XX, un giro iconográfico. Hicieron aparecer un cuerpo que no tenía representación en ese sentido. La performance, junto a la fotografía y el video, fueron instrumentos extraordinarios para dar representación a esos cuerpos nuevos, disidentes, que estaban trabajando para ganar un espacio de representación. La performance involucra un proceso de empatía, en el que se transforma tanto el artista que la realiza como el público que participa viéndola. La performance, el video, la fotografía, se vinculan como lenguajes de producción y archivísticos. 

Tu último libro se subtitula Historias de artistas que emanciparon el cuerpo. Emancipar es una palabra potente, ¿a qué te referís con ese término? 

El término “emancipar” tiene que ver con la emancipación política y con las conquistas de los derechos que las mujeres están reclamando hace tiempo. Yo amplío el sentido de la palabra “emancipación”, sin dejar de lado lo estrictamente político. Es emancipatorio el conocimiento, y las artistas que trabajaron en los años 60 y 80 produjeron un conocimiento nuevo sobre el cuerpo. En ese sentido, son artistas que emanciparon el cuerpo, lo desmarcaron de los clichés, de la mirada masculina, del ojo externo. Inauguraron un ojo interno que navegó el cuerpo. Cruzaron esa investigación con otras disciplinas: con el análisis freudiano y lacaniano, con la sociología, con la medicina, con los discursos normativos de las instituciones del Estado y con las pedagogías. Propusieron procesos, performances, performances fotográficas y videos, como procedimientos para reaprendizaje o desaprendizaje de esos cuerpo.

¿Estamos frente a una nueva oleada del feminismo?

Todavía no se ha conceptualizado; tendríamos que analizar los rasgos distintivos, las características, y ver cómo definirlo. Pero es evidente que hay elementos nuevos, por ejemplo la masividad. Hay un retomar parte de la agenda de la segunda ola feminista, que quedó pendiente. Un ejemplo es la legalización del aborto, que si bien en Uruguay es un hecho, no lo es en el resto de América Latina. Estamos frente a nuevas problemáticas, como la lucha contra los femicidios. Tenemos nuevas teóricas, como Rita Segato, que analiza las formas de violencia hacia la mujer, o Silvia Federici, quien señala que estamos ante un estado de guerra contra las mujeres. Es un momento de lucha muy intenso. Creo que este momento se vincula con esas diferentes conceptualizaciones de la lucha de las mujeres, con la masividad en las denuncias de acoso, con poder decir cosas que hasta hace poco no se decían. También con la vigencia de la representación igualitaria en todas las esferas de la vida política, con los reclamos con respecto al salario doméstico, con los reclamos por el salario igualitario. Es una agenda muy variada y muy compleja. Pienso que estamos en un momento distinto: están coexistiendo reclamos de tiempos anteriores y reclamos nuevos, así como nuevas formas de organización.

Este momento se vincula con esas diferentes conceptualizaciones de la lucha de las mujeres, con la masividad en las denuncias de acoso, con poder decir cosas que hasta hace poco no se decían

Hacés hincapié en las artistas mujeres que nos antecedieron en esta revolución del cuerpo, y hacés referencia en particular a la artista uruguaya Nelbia Romero. ¿Por qué ella?

Cuando estaba haciendo la investigación para Mujeres Radicales, no solo sobre el arte de las mujeres en general, sino sobre el trastorno político de los cuerpos, muchas artistas que tuve el placer de entrevistar nombraron a Nelbia Romero. Su obra Sal-si-puedes anuda el pasado (la masacre de Salsipuedes) con la dictadura. Es una obra muy compleja y sofisticada en términos de articulación. Pone en juego la performance, el archivo, ciertos rasgos de ironía y de distanciamiento que están presentes en la obra. 

En tu último libro hacés una reflexión sobre la invisibilización de la mujer en el arte latinoamericano. Vos sos una exponente de este arte, ¿de alguna manera has asumido la responsabilidad de echar luz sobre este tema? 

Siempre digo que yo era una mujer patriarcal. No había experimentado, al menos de manera consciente, prácticas que me excluyeran de algún lugar de enunciación. He podido hablar y he podido publicar, por esto compartía lo que dicen muchas mujeres: sí lo que hacés tiene valor -si tu obra vale-, no importa el género. Sin embargo, si bien siempre trabajé con criterios igualitarios, me fui dando cuenta de que mi escritura se había centrado en artistas varones, y de allí surge siempre la pregunta de qué era lo que había podido ver y lo que no. Así comenzó la investigación de Mujeres Radicales. Es preciso comprender que el problema no se puede medir por la propia experiencia. El trabajo estadístico logró que se volviera claro que aquellos ciudadanos a los que las instituciones del Estado han clasificados como mujeres, y que trabajan en el mundo del arte, representan tan solo 30 % de este mundo. Más allá de que no adhiero a criterios binarios o esencialistas, hay puntos en la vida práctica en los que priman los criterios binarios, y yo los coloco más que nada en el ámbito administrativo. Luego, cada persona asume o se distingue con distintas formas de sexualidad. Pero hay clasificaciones que están operando y que en el campo del arte no permiten conocer la obra de las artistas mujeres; yo considero que existe lo que denomino censura sistémica. Es una censura que no está enunciada como censura, pero que el sistema está produciendo. Esa forma de censura hace que las mujeres tengan menos visibilidad que los artistas varones.

En cuanto a leyes, ¿estás de acuerdo con las cuotas?

Completamente: cincuenta y cincuenta es estratégico. Las leyes son estrategias. Por tanto, solo es una estrategia para que se haga más visible la obra de las artistas mujeres, y para que de ese modo podamos contar con propuestas estéticas con las que de otra manera no podemos estar en contacto, a fin de democratizar un sistema que es absolutamente excluyente. En Argentina logramos que el reglamento del Salón Nacional incluyera en su tercer artículo una cláusula de representación igualitaria de género en la admisión, en el jurado y en los premios. Esa fue una conquista, pero ahí no terminó nuestro propósito. 

Cada derecho que las mujeres han conseguido son testimonios de la eficacia del feminismo. ¿Por qué entonces la palabra “feminismo” sigue teniendo resistencia?

Hoy en día, la palabra “feminismo” no se define sólo en función de los derechos de las mujeres: se define también en relación con los derechos de las minorías. Indudablemente está ganando una nueva legitimidad, por ejemplo, cuando convoca tanta gente a las calles, como sucedió en los últimos debates parlamentarios en Argentina. Ya no se pueden cerrar los ojos; hasta el político más oportunista utiliza la lucha feminista: después, que vaya a cumplir o no es otra cosa. Además, es importante señalar que la palabra “feminismo” no se ha despolitizado, sigue siendo una palabra urticante. Por un lado logramos un grado de generalización, pero por otro lado sigue siendo problemático.

¿Cómo siguen tus próximos trabajos?

Ahora estoy comenzando con el proyecto de curaduría para la Bienal del Mercosur 2020. También estoy trabajando en la edición de mi próximo libro sobre Vanguardias Simultáneas. Es una construcción distinta respecto al canon tradicional del arte, que ha colocado al arte latinoamericano como posterior o derivado de las vanguardias europeas y norteamericanas. Por eso hablo de vanguardias simultáneas, no vanguardias periféricas, ni vanguardias descentradas, que son términos que presuponen que hay un centro respecto del cual se define lo periférico o lo descentrado. Lo que quiero es poner en evidencia la simultaneidad de procesos de innovación estética, que no se están produciendo, necesariamente, desde una perspectiva derivativa. Básicamente articulo este modelo de lectura desde la posguerra en adelante; de hecho estoy trabajando en las abstracciones de posguerra.

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