Cuando quiso acordar, o le hicieron acordar, seguía caminando hacia rumbos esteños. Cuando comenzó su viaje existían uruguayos campeones y una nueva democracia. Eso no impidió “que este flaco encarara la posta y le diera de punta”: así hablaba él. Su nombre era Obdulio Maldonado. Muy amigo de Vicente Mastandrea, compañeros de equipo en el Institución Atlética Roberto F.C.

No había problemas. Él formaba parte de la Hermandad de las Dunas (en ediciones anteriores podrán encontrar otras realidades de esta organización que velaba por la paz, la tranquilidad, la música, las drogas y otras hierbas del balneario), que planificó sucesos increíbles. Algunos lograron concretarse, otros no.

En este caso se reunieron en el Institución Atlética Roberto F.C. para adquirir beberajes mágicos, charlas sinceras y parejas para el truco. En eso salió el tema de qué había que hacer con la colonización de los Capitalistas del Infierno, que  provenían de los más profundos pozos de dinero y de una vida con calles pavimentadas y facilidades incoherentes.

Se hicieron presentes en el recinto los Capitalistas. Aparecieron de la nada, o del todo. Claro estaba que no sabían qué hacían en ese lugar, pero iban directo al grano: tenían que hacer guita. Pensaban cómo optimizar recursos y cómo explotar al obrero. Esa plusvalía la manejaban a la perfección.

Entonces propusieron realizar en el balneario, en una casa abandonada a la vuelta de la Diagonal del Olvido y Calle Se, un shopping. ¿Qué hacen estos capitalistas cuando encuentran un baldío o una casa abandonada? Un shopping.

Mantuvieron una reunión bastante acalorada los dos enviados de cada una las partes. Vicente y Obdulio se presentaron en nombre de la Hermandad y los del Infierno fueron con Lord Ponsomby; dicen que era el mismísimo Satanás en investiduras ajenas. También fue Sofía Bonham.

Obdulio, en esa reunión, se sintió enrostrado en sus sentimientos por Sofía. Ella lo desdeñaba de distintas maneras, pero siempre hablando de lo importante. Obdulio planteó esto, mirando a los ojos a Sofía: “La cuestión es hacer un centro comercial, donde gastan dinero y no usan su cerebro, o crear un lugar de esparcimiento y así alimentar las mentes de los del Balneario. Así encontrarían sus verdaderos pensamientos en contacto con la naturaleza, y no con un collar de diamantes o una camisa de marca. Así aprenderían a sentir al amor como un milagro, al dolor como un modo de aprender; a sentir de verdad lo que es la libertad fanática.”

Ella se enamoró de esa idea, de esa idea de amor que muestra la debilidad de estos seres de traje y tridente que eran como pestes que aparecían en una historia de revolución, para agotar las naves de los contrarios y así ir ganando terreno y riquezas. Sofía ya no quería más de eso, solo vivir en ese balneario tan lleno de todo.

Cerraron la reunión con Ponsomby puteando a Vicente y recriminando que ya volverían para lograr su cometido. Obdulio y Sofía salieron caminando rumbo a la Diagonal del Olvido, que moría en la Rambla Julio Sosa. Ella le dijo: “Todo está escrito… Pero algunas cosas la escribimos nosotros”.

Él extendió sus brazos y la abrazó. Un viento suave recorrió el vértice de la Rambla. Y cuando Obdulio abrió los ojos, Sofía no estaba más. Se había esfumado. Obnubilado por la situación, tomó rumbo al Coloso de Las Toscas y entendió que todo es tan efímero como el amor.

Se dice que se ven en encuentros casuales, o cuando ella quiere. Que pasean un rato y luego, como la primera vez, ella desaparece y Obdulio la extraña.

Al final se dio la última reunión para ver qué se hacía con ese lugar. Obdulio pidió la palabra y dijo: “Hasta en estos tiempos, donde las investigaciones y desarrollos que se realizan en la vida moderna son para hacernos las cosas más fáciles, siguen apareciendo esos pequeños, pero intensos, farolitos, llenos de dificultades y goces, que todo ser necesita para vivir. Desarrollemos con el corazón e investiguemos con el sentimiento. Y así, sí estaré de acuerdo con todo lo que al balneario aporte en ideas”.

Firmaron, y se realizó un hermoso centro comercial con un McIntosh en la puerta y un Lewys. Obdulio usaba Lewys.

Sebastian Walch

Sebastian Walch

Instrumentista, aficionado al debate y cocinero casi profesional. Empezó a jugar al fútbol, a estudiar guitarra e informática, pero todo lo dejó por el camino, hasta que encontró un lugar en el mundo de la escritura. Relator. Uruguay
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