“Fútbol, pasión de multitudes”. Así quería empezar, con esa frase tan cliché pero tan cierta. ¿Por qué escribir sobre fútbol? Bueno, en realidad, no voy a escribir sobre esto. Alguna vez escuché por ahí que la literatura futbolera en Uruguay es algo casi imposible por el simple hecho de que la realidad siempre ha superado toda ficción a inventarse.

Pensá un poco en la historia el fútbol uruguayo. ¿No te parece a vos que ha habido gestas que, si hubiesen sido ficciones, podrían haber sido el guión de alguna película de Hollywood? Sí, de Hollywood. Solo ahí pueden hacer películas tan cliché como la final de Maracaná, o algo tan inverosímil como la historia del capitán uruguayo consolando a los parroquianos la noche de festejo en San Pablo. Esta historia, junto a otras que se habían gestado antes y otras que se gestaron en el futuro, mataron toda posibilidad de ficcionar esa pasión tan multitudinaria de Uruguay. Por eso, no voy a gastar esfuerzo en escribir una historia de fútbol. Lo que sí puedo hacer es contarte cómo he llegado a sentir este deporte estando de viaje, y cómo la noción de hogar a veces recae en unos deportistas millonarios arriba de un campo de césped.

México, 2014

-Tomése una, compadre, no se haga de problema que este partido ya está ganado- , me decía con indiferencia el parroquiano de bigotes mientras se pedía otro mezcal. Yo llevaba mi quinto o sexto cigarro y mi tercera cerveza.
Faltaban dos o tres minutos para que terminara el partido. Diego Godín había metido ese gol medio de cabeza, medio de espalda. Yo lo grité afónico y con la mitad de los pulmones llenos de humo de esos cigarros baratos de un dólar la caja. Era la clasificación a octavos de final en el Mundial de Brasil 2014. En el bar estaba el cantinero y ese paisano entrado en mezcales. Nadie más. Había pasado el día buscando algún lugar que televisara el partido de Uruguay contra Italia y todo estaba cerrado o no tenía televisión. ¿Cómo podía ser? ¿A nadie le importaba? Era en la Laguna Bacalar, esa de siete colores que dicen que es tan maravillosa y mágica. Aún así, yo no le encontré sentido, me pareció una cosa chata y superflua. Es que cuando el juez terminó el partido yo quería abrazarme con alguien, quería gritar y sacarme la rabia atragantada. Pero no, no había tanta química con mis dos compañeros de copas.
Eran desconocidos distantes que no permitirían que un extraño los abrazara. Ahí estaba yo, solo con esa realidad que me decía que a nadie le importaba lo que acababa de pasar.

“EN AQUELLA OCASIÓN, VI A LUIS SUÁREZ HACER PROSA SOBRE EL PASTO Y CONVERTIRSE EN POESÍA SUCIA E IRREVERENTE”.

Distinto había sido el partido anterior, contra Inglaterra. En aquella ocasión, me encontraba en un pueblo entre la selva y los mayas, a 20 kilómetros de Tulum, acompañado de una pareja canadiense que se estaban alojando conmigo. Nos fuimos para esa ciudad, a un bar lleno de alemanes, mexicanos y nacionalidades varias.
Todos ellos me hicieron la compañía espiritual necesaria para estos casos. Otra vez, la narrativa futbolera recibía otro tiro de gracia. Las páginas se escribían en la realidad. En aquella ocasión, vi a Luis Suárez hacer prosa sobre el pasto y convertirse en poesía sucia e irreverente. Le hizo dos goles a un país que lo había estado matando y acorralando. Como un boxeador rendido entre las cuerdas que saca el gancho ganador, ese día Lucho noqueó a su verdugo y se convirtió en juglar de su propia historia. Con él, mis lágrimas cayeron escondidas en el baño de ese bar (no sea cosa que me vieran llorar por algo tan superfluo como lo son 22 tipos corriendo atrás de una pelota). Ese día, me sentí más cerca de casa.

Es que cuando juega la selección de Uruguay me reconecto con todo aquello que crecí. Es extraño, porque a mí el fútbol me gusta pero, en general, me aburre. Por más que en mi país es casi una política de estado y es debate en la calle, la oficina o el bar. Es Peñarol, Nacional y los campeones del mundo que ya están en el más allá. Son tres millones de directores técnicos y tres millones que soñaron con ser Luis Suárez. Es leyenda que se traga sus propios mitos y los cuelga de esas vitrinas empolvadas por el paso del tiempo. Es espina dorsal de las hazañas de un país naufragado en los mapas.

Aún así, hace años no miro un partido del fútbol los 90 minutos seguidos. Por contradictorio que parezca, a la selección la veo siempre. Sea colgado de la señal de wifi de algún McDonalds en Estocolmo, despertándome en la madrugada en algún lugar de Rusia o golpeando la casa de alguien en algún pueblo centroamericano. Porque ver a la selección de Uruguay jugar, es verme en mi casa. Es sentirme volver. Es hogar. En ese pueblo de Bacalar y en el lugar donde me estaba alojando aquel día contra Italia, era la desolación misma. Sin conexión y sin nadie con quien compartir mi alegría. Cuando salí de ese bar y caminé lleno de adrenalina y rock and roll, me vi ante un muro invisible de indiferencia (lógica, por supuesto). Me sentí un punto insignificante en la infinitud del universo. La soledad me acuchilló el espíritu. No tenía nada que festejar. ¿De qué sirve estar feliz si no podés compartirlo con quién tenés al lado? En ese momento, me sentí más lejos de casa que nunca. Mi hogar se derrumbó y quedó sepultado bajo esa laguna, esos mezcales indiferentes de aquel paisano y la soledad de un lugar que no era mío. Así que al otro día tomé mis cosas y salí a la ruta en busca de rock and roll y desconocidos a quien abrazar.

Nicolás Marrero

Nicolás Marrero

Escritor nómada hace más de dos años, descubrió en el viajar su pasión y se acostumbró a vivir con cinco dólares por día. Lleva recorridos más de 35 países (a los que mayoritariamente entró a pie y cargando su mochila) y 15 mil kilómetros haciendo autostop, y tiene muchas historias que contar.
www.letrasdeviaje.com
Colaborador. Uruguay.
Nicolás Marrero
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