Canta, actúa, escribe, filma, corre, ríe, vive. Es pura energía arriba y abajo del escenario y sus “locuras” lo han llevado a ganarse el cariño del público y convertirse en uno de los humoristas más desopilantes de Uruguay. Él es un mundo de ideas que hipnotizan, que hacen reflexionar. Es el hombre que nos hace pensar que ser cuerdo es una locura.

Es el primer día de clases y Pablo Aguirrezábal llega al apartamento más carnavalero en cuadras a la redonda con su hija Vera. En una estantería conviven colores, libros, bohemia, música y Chaplin, formando un micromundo que perfectamente puede tomarse como una muestra gratis de lo que vive en el interior de Aguirrezabal.

“Terminamos tarde”, dice Pablo. Es que esa misma madrugada vivió la noche de fallos junto a sus compañeros de Don Timoteo. “La vivimos divino. Yo la sufro un cacho y me subí a la azotea. Cuando vi que no ganábamos bajé y estábamos todos bien, saludándonos”.

Desde 1999 está vinculado directamente al carnaval, año en que comienza a escribir para la murga “La Mojigata” -uno de los nombres referentes surgidos de Murga Joven-, y desde entonces su participación ha ido rotando entre el escenario y el detrás de escena. “Los primeros años de La Mojigata escribía. Pero en el escenario me he subido unos 6 o 7 carnavales. Me bajo unos años y me vuelvo a subir”.

El desgaste que implica salir en carnaval es grande y Pablo es consciente de eso. A la hora de enfrentarse al público da todo de sí y la cantidad de tablados que se hacen por noche le pasan factura. “Demanda mucho, perdés de hacer un montón de cosas como comer afuera, ir al cine, que me gusta mucho, entre otras cosas. Terminas muy cansado de la noche”.

No obstante, a pesar del cansancio, dice que fue el mejor carnaval que ha tenido. Basta ver la conexión que genera con el público y sus compañeros de tablas para darse cuenta de que esa es la verdad más pura. Su particular forma de ser y su intensidad han hecho que se le tilde de “loco” pero, con el tiempo, el público aprendió a comprenderlo, a asimilar lo diferente y a reconocerlo. “La gente creo que me recibe con tremenda ternura. En este momento me respetan y me quieren mucho. No puedo pedir nada más. Lo fui trabajando con los años y me encanta que la gente me reciba como si fuera un amigo”, señala. “En los tablados terminamos haciendo cualquier cosa, hacemos trencito con la gente”.

El gen de la inquietud

Guitarra en mano conversa y mira por la ventana de su apartamento, ubicado en el corazón de Tres Cruces. La vista privilegiada es perfecta para dejar volar la creatividad e inspirarse; perfecta para pensar en el futuro. La energía de Aguirrezabal le impide no pensar en mil cosas a la vez, en mil cosas por hacer y es por eso que ya tiene definido qué quiere hacer este año. “Me tengo que reprimir por la cantidad de cosas que quiero hacer”, dice mientras se ríe. “Hay cosas que sé que amo. Voy a hacer monólogos, que es lo que más hago; talleres de humor en el interior y Montevideo; también una especie de comedia musical, con canciones no tan para la pavada, con una banda. Y un viaje con mis hijas”. Ese viaje los llevará por Italia y España, donde se quedará un tiempo. Además, está escribiendo un nuevo libro -ya cuenta con dos en su haber, “La EncicloPena” y “Desde la inorancia”- que servirá como plataforma para retomar la vida política, esta vez, con más fuerza y decisión.

LA GENTE ME RECIBE CON TREMENDA TERNURA. NO PUEDO PEDIR NADA MÁS

Pero el gen de la inquietud no despertó sino hasta pasada su niñez. Se ve y se siente en esa etapa como alguien muy diferente, con otros intereses. Su sensibilidad artística y social se despertó durante la adolescencia, entrando en contacto con la música, la lectura y el cine.

“Cuando me regalaron la primera guitarra y empecé a componer, cuando empecé a armar lo que estudiaba y empecé a agarrar libros, escuchar música, entrar en contacto con el cine, ahí me sentí muy identificado. A partir de ahí siento que me movilizo”, dice.

Su sensibilidad hacia aquello que lo rodea y la conexión con su mundo interior se distinguen inmediatamente y hacen repensar nuestras creencias. Ahora trabaja en dejar ir. “Estoy trabajando mucho en eso. Me llevó a leer sobre meditación y biodescodificacion. Y empecé por eso, por el desapego”, cuenta. “En la doctrina budista, el apego y el deseo son la causa del sufrimiento. Nos apegamos a todo y eso nos causa sufrimiento. Creemos que las cosas son permanentes y no, cambian”.

Cuando habla sobre las relaciones humanas, se siente un sabor amargo en su percepción de cómo va el mundo y suelta en ese momento una frase: “La única lucha que se gana es la que se abandona”. “Vengo del siglo XX donde la única lucha que se pierde es la que se abandona. Y realmente no vale la pena pelear. Somos todos uno, tenemos que tener compasión por cualquier cosa”. Según cuenta, le cuesta leer hoy en día incluso aquellos medios de los que antes disfrutaba. “Todo es guerra, siempre alguien le hizo algo a alguien, siempre el conflicto. Creo que hay un espíritu que va más allá de cualquier religión, que nos une a todos. Llamale amor o como sea. Está más allá de las cosas”.

Leer la entrevista completa en la edición N°18 de La Mirilla

Jessica Conde

Jessica Conde

Estudió periodismo, creyó que el mundo podía ser cambiado y terminó ideando una revista. Fotógrafa en ciernes, no puede dejar de proyectar ni puede abandonar su adicción a los caramelos Sugus y a los buñuelos de algas, fiel a los extremos. Directora. Uruguay.
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