Desentrañar la magia de  una murga es un ejercicio inútil. Esa fascinación por  la vorágine de colores  y ese canto que estremece cada rincón de un tablado, se cuela en la piel del espectador y no hay vuelta atrás. No distingue clases, ni generaciones, ni géneros. Es creer o reventar.

La cita era a las 21 horas. Preparé mi equipo -esta vez me escondí detrás de la cámara- y emprendí el camino hacia el Club Deportivo Paysandú, recinto que alberga a la murga Don Timoteo durante esta travesía que es el carnaval. Es mi primera vez en el ensayo de una murga -a excepción de mi fallida incursión en Murga Joven-, elección personal que esa noche de febrero decidí dejar al margen para sorprenderme con la otra cara de la moneda. Algunos niños juegan al básquetbol; un grupo de personas conversa a un costado de la cancha y allá, al fondo, los trajes aguardan una noche más a sus murguistas.

Un grupo de hombres se prepara para emprender el viaje y me quedo al margen, observando y descubriendo la desnudez del carnaval. Algunos, aun con su cara a medio pintar, ordenan sus trajes y preparan lo indispensable para la noche. Una heladerita azul comienza a poblarse de beberajes, compañía necesaria para sobrevivir al carnaval más largo del mundo y, en el vestuario, los sombreros que cuelgan del techo encuentran a sus dueños.

Sigo al margen pero, debajo de la pintura, reconozco a figuras reconocidas del carnaval que componen el seleccionado de Don Timoteo, entre las que se encuentran Rafael Cotelo, Gerardo “El Alemán” Dorado, Pablo Aguirrezábal, Marcelo Pallares y Martín Angiolini, entre otros.

Con todo listo, empieza la recorrida por los barrios, esa que convoca a miles y miles de personas y que, a pesar del paso del tiempo, enamora.

El pasto a tus pies

El ómnibus parte hacia su primer destino, uno de los escenarios móviles que la Intendencia de Montevideo coloca cada año en diferentes puntos de la ciudad para asegurar que los espectáculos del carnaval lleguen a toda la población de forma gratuita y que esta vez se encuentra en el Centro Cultural Abayubá, un barrio obrero en el límite entre Montevideo y Canelones.

En el ómnibus, el ambiente es mucho más tranquilo de lo que imaginé. Asumo que la presencia de extraños reprime esos “instintos” del murguista, ya que historias de “camión” sobran y merecerían una nota aparte. Pero en fin, sigo en mi posición de observadora. En el fondo, algunos conversan animadamente y, vaso en mano, atienden sus asuntos. Otros preparan minuciosamente sus instrumentos y algunos dedican el trayecto a filosofar. Pero una convocatoria espontánea los reúne con un propósito: calentar las gargantas cantando la despedida 2014 de Don Timoteo, año en que por quinta vez se coronó campeona del Concurso Oficial.

Es en ese momento cuando el sonido te golpea y te quita el aliento. Es en ese momento en que, sin artefactos mediante, la magia de la murga te hipnotiza y no podés hacer otra cosa que disfrutar de esos instantes que te regala el carnaval.

Ese hechizo sigue ya sobre el tablado. Los murguistas arriban y no faltan las fotos, los besos, el abrazo, ya sea con la señora que tiene su pared de la fama con las fotos de cada murguista que besó o con la muchacha que espera robarle alguna mirada al murguista.

El escenario iluminado los espera a orillas de una cuneta. Los más pequeños, sentados sobre el pasto, se preparan para una nueva función  y los adultos, bajo las luces  del tablado, reviven con ilusión de niños pero con la picardía de los años, una nueva actuación de la murga.

El disfrute se vive arriba y abajo del escenario. La química entre Rafa Cotelo y Pablo Aguirrezábal, la voz de “El Alemán”, la complicidad del público, son parte de ese primer mojón de la noche y la murga, tras desplegar su actuación, repite a la barriada esa promesa eterna que, aun cuando suena a cliché, es una promesa aún no rota: “… regresar sin condición”.

Lucecitas de colores

Volvemos al ómnibus para emprender el camino hacia un mundo totalmente diferente: El Monumental de la Costa. En el camino, la heladerita sigue vaciándose; en el fondo la tertulia continúa; adelante Aguirrezábal y Pallarés hacen gala de sus habilidades atléticas y, colgados del pasamanos del ómnibus, hacen choque de culos. No puedo evitar pensar, mientras me río, en mi imposibilidad para llegar al pasamanos de los ómnibus y en lo ridícula que me vería intentando el número que atestiguo.

En un semáforo, dos muchachos ahogan en una botella de vino la esperanza de limpiar algún vidrio en una noche y una calle desolada. “¡Arriba la murga!”, grita uno de ellos para perderse nuevamente en el camino. El escenario al que llegamos -otrora ubicado frente a la terminal de Tres Cruces-, es uno de los tablados comerciales más grandes, con una propuesta gastronómica variada, stands para adquirir discos y un gran escenario con luces que, sin dudas, hacen lucir cualquier espectáculo. Dista mucho de los tablados de barrio. Lo siento más impersonal, más frío. En mi mente juegan algunos recuerdos de mi niñez, cuando en el tablado de Flor de Maroñas me sentaba en la tercera fila y sentía que casi podía alcanzar esos trajes que me maravillaban. Pero este es diferente. Hay poco público, quizás porque la noche por momentos amenazó con alguna garúa. Aún hay una comparsa en el escenario y todos aprovechan para hacer otras cosas, un respiro en el trajín de la noche.

Al costado del escenario, Pallarés me da el secreto para ser eternamente joven: cuidarse de día y reventar la noche. Me cuenta la lógica detrás de ese tip para la vida y tomo nota mental. Habrá que hacerle caso. El Alemán nos encarga un pedido para el camino, todos conversan, preparan… y es hora. A subir otra vez.

Es imposible que la murga no brille en ese escenario. Mientras tomo fotos, vuelvo a caer en el hechizo que se ejecuta sobre las tablas. Los trajes, las voces, todo forma parte de una danza sincronizada y caótica a la vez.

Bichitos nocheros

Algunos murguistas que todavía hacen sociales tras bajar del Monumental se apuran para subir al ómnibus que los llevará al último tablado. Esta vez, el público del Velódromo es el que aguarda la llegada de Don Timoteo. Ya estoy un poco cansada y me avergüenza, porque no imagino el desgaste que implica brindar un espectáculo noche tras noche dejando todo de sí y yo apenas viví el viaje por unas horas.

Nos encontramos con el Tito Dangiolillo, a quien supe ver cuando oficiaba de maestro de ceremonias en el tablado de Flor de Maroñas. Habla sobre murgas, cuentas historias y se pierde entre el público. Mientras, Don Timoteo se prepara para cerrar la noche.

A esta altura de la jornada, todo está permitido. La murga se anima a perder el juicio y en unos peligrosos cinco minutos, mientras espera la bajada del anterior conjunto, elabora su próxima “travesura”.

“Un dia voy a volar / nadie me va a encontrar / yo tengo alma de pachanguero / esto tiene que pasar / cuando me quiero aguantar / me pica el bichito nochero”. Suena sobre el escenario un clásico de Los Fatales -para quien no conoce, fue uno de los grupos de cumbia más populares de Uruguay y El Alemán supo formar parte de él-, para deleite y desquicie del público. El pachangueo se adueña del escenario y hasta Pildorita -un payaso que recorre Montevideo en el transporte público para ganarse el jornal y que escasas veces vi reír-, presente entre los espectadores, me regala una pose y su más sincera sonrisa. “Es un milagro de carnaval”, pienso y le devuelvo una sonrisa.

La murga baja del último escenario del día. Veo esas caras con algún borrón pero con el cariño de la gente que se llevó un pedacito más de carnaval a su hogar. Algunos murguistas se despiden en ese tablado. De a poco se vuelve a la rutina, a esperar que llegue una nueva noche de febrero.

Esta vez me siento en el fondo del ómnibus y veo la foto desde otro ángulo. Veo el después, ese momento en que la magia queda suspendida hasta volver al tablado.

Llegamos al punto de partida y apenas me despido con un saludo general, tengo miedo de romper el hechizo.

Son las 3.50 de la madrugada y doy vueltas en la cama. No puedo dejar de pensar en la despedida: “Gracias por llevarme cantando hasta el tablado del ayer donde vuelvo a creer”.

 

Encontrá esta nota en nuestra edición N°18

Jessica Conde

Jessica Conde

Estudió periodismo, creyó que el mundo podía ser cambiado y terminó ideando una revista. Fotógrafa en ciernes, no puede dejar de proyectar ni puede abandonar su adicción a los caramelos Sugus y a los buñuelos de algas, fiel a los extremos. Directora. Uruguay.
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