Era nueva en el trabajo y tras hacer algunas tareas que hicieron sonar mi nombre en el pasillo él, el jefe supremo, llegó a la oficina para conocer a “la chica que tanto nombran”. La que entonces era mi jefa directa nos presentó y sus primeras palabras fueron: “Te están escondiendo de mi”. Sonreí, pero todo mi cuerpo se puso en alerta. Me senté nuevamente detrás de mi escritorio, como si de poner barreras se tratara, aun cuando estaba frente a la autoridad. Mi jefa sonrió nerviosa y dijo que solo me estaban cuidando para que nadie me llevara de la oficina, haciendo alusión al trabajo y tratando de desviar la conversación. El me miró penetrante, y largó un “ella se puede cuidar solita”. Su voz, su lenguaje corporal, su investidura… Sentí el peso del poder y del miedo de reaccionar, de interpelar al otro en una situación en la que claramente no podía responder más que con una tímida sonrisa, pretendiendo que todo era un chistecito sin importancia, pensando en ese instante que claramente yo tenía muchísimo más para perder que él. ¿Qué podía esperar a partir de entonces si la máxima autoridad se dirigía a mí de esa forma?

Eso pasó, en el mismo edificio, con diferentes autoridades. Una mano en la cintura al saludar, una mirada exhaustiva al escote, como si les perteneciera por el simple hecho de trabajar para ellos. Vergüenza, miedo, vulnerabilidad y el peso del poder: todas tenemos un Harvey Weinstein.

El caso Weinstein -por citar el más reciente ya que tiempo atrás el de Bill Cosby acaparó los titulares-, pone una vez más en el tapete lo que hoy ya no estamos dispuestas a barrer bajo la alfombra: la violación, el acoso sexual, el abuso de poder. Todas caras de una sociedad inundada por la violencia machista, donde a las mujeres nos reducen al rol impuesto, a cómo nos vemos, a nuestra (no) maternidad, al objeto, a la propiedad.

Sistemáticamente, los hombre abusan en el más amplio sentido de la palabra de las mujeres. Y aun cuando no lo hacen, contribuyen a mantener la maquinaria del patriarcado funcionando mejor que nunca: cubren, callan, justifican y buscan el pero al testimonio de las mujeres.

En las últimas semanas, las redes sociales, a través de diferentes hashtags, se han inundado de testimonios de mujeres que han sufrido, alguna vez en su vida, algún tipo de abuso por parte de un hombre. ¿Será que todas mentimos? ¿Será que nuestra voz, unida, le está poniendo nombre a aquello de lo que no nos atrevíamos a hablar?

Ahí, reunidas en esos hashtags estamos todas: desnudas frente a la historia; una vez más desnudas, expuestas frente al agresor, a la agresión. Expuestas a la inquisición, al cuestionamiento, a la culpa. Interpelados nuestros cuerpos, nuestras vidas, todo. Pero también nos encontramos reuniendo nuestras voces dispersas para formar un grito. No estamos solas y llegó el momento de hablar.

Abusar es la norma. Normalizar el abuso es la norma. Incluso yo, denunciando entre líneas alguna situación que me tocó vivir pero manteniendo el anonimato de quien hizo sentir el peso de su poder sobre mí, contribuyo a que la maquinaria siga andando.

Pero es hora de dejar de esperar que nos crean. Es hora de alzar la voz y denunciar: a tu jefe, el que se te insinúa escudado en el poder y el chiste; al tipo en el bondi, que te roza indiscriminadamente; a tu vecino, que te grita impunemente cualquier cosa cuando te ve pasar. Es hora de dejar en evidencia a todos nuestros Weinstein.

Jessica Conde

Jessica Conde

Estudió periodismo, creyó que el mundo podía ser cambiado y terminó ideando una revista. Fotógrafa en ciernes, no puede dejar de proyectar ni puede abandonar su adicción a los caramelos Sugus y a los buñuelos de algas, fiel a los extremos. Directora. Uruguay.
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