Por alguna razón la idea de algo nuevo se tiende a asociar con algo positivo, más aún cuando se habla de un nuevo camino. Paradójicamente, el ser humano suele ser bastante resistente a lo nuevo. De hecho, nuestra apreciación sensorial está basada en hábitos viejos que nos condicionan, a la vez que permiten que seamos funcionales a la vida que nos toca. Aunque soñemos con algo nuevo que nos haga salir de lo conocido, todo aquello que desafíe nuestro patrón habitual se siente incómodo.

Es que lo nuevo implica una disponibilidad para cambiar: significa estar dispuestos a no saber. Las reacciones ante la sorpresa son variadas: enojo, fastidio, confusión, miedo y, menos común creo, alegría. Salvo que se trate de un niño.

Diría que los sentidos son engañosos. La interpretación que hacemos de lo que sentimos no es confiable, razón por la cual si usted busca algo nuevo, la mejor señal será sentir cierta incomodidad o desconfianza, por así decirlo. Se siente ajeno. Da algo de miedo. Algo así como el gato de la película “Matrix”, que al aparecer refiere a una falla del sistema.

Algo nuevo se percibe como una alteración en nuestra forma de percibir. No está afuera ni adentro, es una experiencia “anormal”. Si pasamos por ello a lo largo de la vida, supongo que seremos suficientemente sabios para empezar a disfrutarlo.

El otro día conocí el maravilloso fenómeno de la bioluminiscencia. Cómo describirlo… Es como si el cielo fuera el mar y vas nadando entre las estrellas, o como en la película Avatar, cuando aparecen en el aire esos puntitos luminosos. El cuerpo queda cubierto de una suerte de biopurpurina microscópica.

Lee la versión completa de la nota en el número 25 de La Mirilla.

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