Tolstoi, Gandhi, Luther King fueron los maestros de esta filosofía que en plena dictadura argentina reapareció a los pies del Aconcagua y lleva más de 4 décadas resonando en diferentes círculos sociales.

¿Cómo es que se piensa acabar con la violencia? Prendo la televisión el día después del clásico y la escucho. Suena en el Parlamento cuando la oposición increpa al gobierno y también en la radio cuando comentan la noticia policial del día y piden más y más policías. Pero escucharla en boca de un tipo hablando en un acto en el medio la Cordillera de los Andes, es un poco surrealista. Ese hombre se hace llamar Silo, pseudónimo de Mario Luis Rodríguez Cobos, y está parado en un punto muy especial de la cordillera, donde confluyen los cordones del Aconcagua, del Plata y de Chorrillos. Es uno de los siete puntos del mundo que su escuela denomina chakras. Al parecer, vino a anunciar su fracaso frente a un montón de gente que lo mira con profunda atención. Es, sin dudas, su guía.

Habla de la no violencia, del cambio interno y social, y sus palabras son traducidas a más de 40 idiomas. Tiene un millón de seguidores en 155 países. Es el fundador de una corriente filosófica llamada Nuevo Humanismo y su prédica lleva casi medio siglo recorriendo el underground filosófico del mundo. Su historia comienza en 1969, en un inhóspito paraje llamado Punta de Vacas. Allí se aisló durante meses; eso era una especie de corolario del trabajo de reflexión que venían desarrollando algunos grupos humanistas. Aunque nadie entendía muy bien qué hacía ese hombre ahí, a medida que pasaba el tiempo su imagen se hacía cada vez más famosa.

El 4 de mayo Silo reunió allí a 300 personas y a mucha prensa extranjera que, asombrada por el extraño fenómeno, llegó sorteando las dificultades del clima, el terreno y, sobre todo, los militares. En plena dictadura, alguien iba hablar de la no violencia y del fin del sufrimiento. Era el nacimiento de un mito rodeado de misticismo y registrado en la mente de miles de personas. Algunos de sus seguidores se referían a él como un nuevo Mesías. Mientras tanto, dentro de sus detractores todos formaban una opinión diferente. Para los militantes comunistas Silo era un agente de la CIA; para los integrantes de la derecha liberal un oscuro gurú con tendencia a lo sedicioso e inmoral; para las agrupaciones nacionalistas un disolvente de la juventud; para la iglesia un hereje. Los militares lo prohibieron y persiguieron, y ya en democracia se lo redujo al silencio.

Leer la nota completa en la edición N° 13 de La Mirilla.

Diego Obispo

Fotógrafo e historiador en desarrollo, es de los que creen que en la madrugada aparecen las mejores ideas. Fanático de las preguntas y habitué de la ironía, opina que la quinoa es de los grandes descubrimientos que ha hecho en los últimos años. Periodista. Uruguay
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