No sabían bien qué estaba pasando, pero ellos volaban. Llegado el momento podía pasar. Uno quiso agarrarse de un tejido y logró levantarlo. No entendían nada, igual. La duda se parecía a la misma que aparece cuando se llega a un lugar sin saber cómo, o cuando nos saluda por nuestro nombre una persona desconocida.

Eran tres, y conversaban como si nada pasara. Uno le consultaba a otro sobre los números de la quiniela, y el otro insistía en que se debía implementar línea de cinco con volantes rápidos para que Villa Teresa comenzara bien su participación en Primera división. Los demás saltaban y los gritos se hacían escuchar desde la esquina. El lugar tenía una geografía parecida a la de Villa Serrana, pero era una metrópolis. No había luces en el cielo que hicieran levitar a los tres. Levitaban solos. Caían preguntas de cómo estaban, si querían una frazada o si les acercaban el diario. Parecía normal, pero las acciones eran muy exageradas.

Uno comenzó a contar una historia de cuando los autos tenían ruedas y caminar era algo saludable. Todo volaba, y todo estaba hecho para ser consumido en el momento -en cualquier café no demoraban más de un minuto en servir un chivito canadiense para dos. Mientras contaba su historia comenzaban, los tres, a descender, al punto de volverse a sentar en sus respectivas sillas. Siempre con su mesa en el medio y sus vasos vacíos.

El hombre lamentaba lo sedentaria que se había vuelto la sociedad, pero no se obligaba a cambiarla. Sin embargo, él caminaba, igual que sus dos acompañantes. La gente los miraba raro. Los tres no creían que los demás supieran arreglar cosas, no desecharlas. Por eso conservaban lo auténtico de las relaciones. Los demás estaban de a uno. A lo sumo de a dos, pero no dejaban de consumir su elixir milagroso, ese que solo se vendía en cafés amigos de lo antiguo.

“El día que lleguemos a entender cómo funcionamos ahora, podríamos comprender porque actuábamos de tal o cual manera en el pasado”, declaró uno de los levitadores de turno (claro, esto casi no era necesario, porque todos sabían cómo iba a proseguir los cinco minutos futuros). “Ahora sos filósofo. Pelotudo”, irrumpió otro con un grito que lo hizo sacudirse en el aire.

Al terminar sus copas, los tres amigotes caminaron hasta el cementerio de recuerdos de la ciudad. Era muy parecido a un camposanto, pero no se enterraban personas. Se enterraba lo que se dejaba atrás. Allí, todos morían por lo mismo. Esa poción llenaba el corazón y ahogaba. Después de esa noche, todo seguía igual.

Las levitaciones no eran casuales allí. Se anunciaba la partida a sus recuerdos, para vivirlos toda la vida.

Aquellos que van a ese lugar, cuenta la leyenda, levitan en algún tugurio perdido y vuelven a ser quienes eran por un rato, para luego continuar con su trabajo de ayudar a personas caídas en desgracia por el amor, la lujuria y el temor de que nadie encuentre a nadie.

Sebastian Walch

Sebastian Walch

Instrumentista, aficionado al debate y cocinero casi profesional. Empezó a jugar al fútbol, a estudiar guitarra e informática, pero todo lo dejó por el camino, hasta que encontró un lugar en el mundo de la escritura. Relator. Uruguay
Sebastian Walch

Latest posts by Sebastian Walch (see all)

Recommended Posts

Dejar un comentario

veinte + 5 =

¡Contactanos!

En este momento estamos trabajando en nuestro próximo número pero escribinos y te respondemos a la brevedad. ¡Gracias!

Not readable? Change text. captcha txt

Start typing and press Enter to search