“Hoy cerraron la Biblioteca Municipal”, dijo Esteban mientras se ponía el saco. Vinieron dos tipos del Ministerio, pusieron el candado y un cartel de “Se vende” de la inmobiliaria de Adolfo. En el diario el gobierno declaró que no había otra cosa para hacer. “Espero levanten un edificio”, dijo. “Me vendría bien comprar un apartamento para poner un estudio”.

Esteban sale a tomarse el bus todas las tardes. En la misma esquina espera tres minutos, sube, se sienta, se pone los auriculares y escucha una playlist diseñada para viajes que no duran más de media hora. No tiene problemas interesantes, hace seis meses que no mira una película que le gusté, es adicto al chicle de menta y café.

“Creo que no existe el chicle de menta y café”, piensa Sonia, que es novia de Esteban. Ella bosteza 23 veces por día, va a votar porque es obligatorio, se pone nerviosa cuando dos personajes de una novela mexicana se miran mucho rato sin hablarse, odia el fútbol y ama el flan cero calorías. “Pero Esteban no contesta los mensajes”, piensa Sonia; “quedamos en encontrarnos a las 03:08”. Ella cree que Esteban se va a perder.

Esteban se pierde. No teme caminar y preguntar cómo hace para tomarse el 125, pero todo el mundo duerme la siesta y sólo se cruza con una señora que pasea a sus nietos. “El gobierno cerró las bibliotecas para que la gente viva tranquila, en espacios cómodos”, le comenta la señora que no sabe dónde para ese bus. Esteban usa la ciudad, pregunta, se pierde, pero nunca usó una biblioteca. Sonia ni se sorprendió cuando esta mañana hablaron del cierre; capaz podían juntar algo de plata y comprarle a Adolfo el local, era bien iluminado. Pero la oferta de una empresa de construcción supera cualquier oferta. Por eso Sonia entra a una tienda y se compra una cafetera, mientras espera a Esteban.

Sonia mira el reloj y ya es tarde, se va caminando y se encuentra con Germán. Este le dice que vayan a su casa, así tienen sexo, y después de terminar se toman un par de cafés. No se los toman desnudos porque queda mal. Germán se preocupa porque Sonia bostezó mientras lo hacía (al café). Y en teoría ese es colombiano, salió caro y la cafeína tendría que mantenerlos alerta. Germán no sabía que había cerrado la biblioteca, nunca había ido, mucha gente no fue nunca a una. Sonia dice que la gente no va sola a esos lugares, que los ladrones se esconden entre los estantes y por eso el gobierno la cerró. Ahora van a tener que salir cuando tengan hambre. No va a quedar uno suelto.

Esteban llega al punto de reunión y se encuentra con la caja vacía de una cafetera y una dedicatoria de Sonia. Le pregunta a un tipo del Ministerio si la vio. El tipo no conoce a Sonia, además está preocupado porque se le terminaron los carteles de la inmobiliaria de Adolfo. Esteban no tiene carteles para prestarle, nunca tiene.

Entonces se van caminando los dos hasta la parada; el del Ministerio para un taxi. El taxista está aburrido y sin mirar se lo lleva. Esteban los filma con el celular, nunca usó la cámara y hoy pensaba grabar a Sonia mientras bostezaba. Le juega una mala pasada el pulso, pero no importa, el teléfono tiene una herramienta que lo paraliza, permite tomar videos profesionales, la activa. El taxi se pierde en el camino y Esteban quiere recuperar sus signos vitales, pero el teléfono se tranca, reinicia pero fallece en el acto.

Sonia se va bostezando de lo de Germán, no le da las gracias. Llamaron del Ministerio para confirmarle que Esteban se había muerto; tenía planeado probar la cafetera. Si se sentía de humor, pasaría después a despedir a Esteban.

Maxi Fleitas

Maxi Fleitas

Como todo escritor es un buen lector, en su caso devoto confeso de Roberto Bolaño e Isidore Ducasse. Todavía se autodenomina blogger a pesar de que los tiempos modernos lo encuentran bastante inactivo, y no da vueltas al afirmar que a la hora del vino sólo admite el tannat. Colaborador. Montevideo.
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