“Nosotros cantamos y danzamos, celebramos cuando alguien que amamos muere, porque sabemos que al mismo tiempo que muere de este lado, nace del otro”. Kuarayju, anciano paje Guaraní.

Estudiar la cosmovisión andina y romper el muro de silencio a la que ha sido sometida desde la colonización es una tarea que se presenta como impostergable, si es que pretendemos ir en búsqueda de la parte más importante de nuestra identidad. Con esta certeza me he acercado tantas veces como pude a los territorios andinos. Cada viaje me ha nutrido de interrogantes que he intentado responder durante la travesía pero, sobre todo, en los meses posteriores. Refiriéndonos en términos periodísticos, toda la información que plasme en estas líneas no ha sido contrastada entre mis libros ni en debates con amigos. Ni siquiera enfrenta la deformación que sufre con el tiempo, o con el pasaje por diferentes capas de razonamientos y conclusiones. Este relato, rodeado de conclusiones apuradas y preguntas incongruentes, puede ser tan subjetivo como vacío, pero es el más puro que pueda escribir sobre estos aconteceres. Una vez más trato de entender algo cuya existencia abre la puerta a una compleja y diversa realidad. La cosmovisión andina es muy diferente a la eurocentrista que todos conocemos y practicamos. Aquí es común encontrarnos con alegría cuando debería haber dolor, con colores vivos cuando debería haber grises, con música frente a nuestro silencio, con bailes enfrentando nuestra solemnidad.

Desde nuestra postura resulta difícil entender cómo es posible que el día que se conmemora la crucifixión de Jesús, Humahuaca se haya convertido en una fiesta popular, con decenas de comparsas desfilando desordenadamente entre cientos de fieles festejándolas. Los afiches anunciaban: “Viernes Santo, peregrinación y fiesta popular”; en otro de mis viajes, un anciano me había comentado que en el norte toda reunión del pueblo estaba condenada a terminar en baile. Gran parte de los pobladores del norte jujeño saben tocar algún instrumento, principalmente quenas, bombos y flautas. La música es parte de sus vidas: es la manera en que se comunican con el entorno. A través de ella veneran, agradecen y protestan pero por sobre todo, celebran. Ese viernes Humahuaca se transformó en un carnaval: desde temprano, en todos los rincones del pueblo, se escuchaba el sonar de bombos y flautas. “Es el himno a la virgencita y cada comparsa tiene el suyo”, me dijo una joven huamaqueña. A las 10 de la noche y luego de un largo peregrinar, todas las comparsas estaban en la plaza frente a la iglesia. Allí el cura párroco y las monjas vivaban y aplaudían las alabanzas que llegaban de los más alegres y diversos modos.

“Todos sabemos que detrás de esa alegría está el reconocimiento al sufrimiento de Jesús en la cruz”, me dijo una de las monjas en el patio de la iglesia. Otra vez vienen a mi memoria los festejos por el día de los muertos, los funerales y los cementerios de estas regiones. Esa extraña relación con el mundo de los muertos y la necesidad de celebrar el hecho de estar juntos en comunidad me muestra la diversa riqueza que habita en estas tierras. Sus pobladores supieron callar sus costumbres y por sobre todo su cosmovisión, por más de medio siglo. Pero para no olvidarlas la mezclaron con las que traían los españoles y formaron este hermoso sincretismo.

 

Diego Obispo

Fotógrafo e historiador en desarrollo, es de los que creen que en la madrugada aparecen las mejores ideas. Fanático de las preguntas y habitué de la ironía, opina que la quinoa es de los grandes descubrimientos que ha hecho en los últimos años. Periodista. Uruguay
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