Ecaussysteme, el festival que duró tres días, fue en la zona de Gignac, en Francia, en el medio de un pueblo de productores rurales. El nombre, además de hacer un juego de palabras en francés que no tiene mucho sentido en español porque sería algo así como “meseta sistema”, busca mostrar el trabajo de un sistema sostenible ecológico y limpio (aunque para algún transeúnte el aprendizaje mayor haya sido no tomar nunca más sin parar por tres días seguidos).
De más está decir que no conocía a ningún músico o banda de las que allí tocaban salvo Manu Chao, que fue el motivo principal por el que fui ante la invitación de Nicolás, un amigo que la ruta me ha dado. Porque para mí en lo que a música respecta, luego de la murga, algo de rock and roll y algún que otro gringo, no hay nada. Hay un gran vacío que nunca se llena de información nueva.
Yo estaba sin muchos planes, recién llegado a España desde México, así que tras un mail de mi amigo invitándome a su casa y a este festival, decidí marchar.
Era ir a un evento totalmente en blanco, sin expectativas. Ya sabemos que las expectativas pueden ser un arma de doble filo: a veces ponemos tan alto el listón de excelencia y deseo que corremos el riesgo de que la realidad nunca llegue a cumplir con lo que anhelábamos.
Dicho esto, es de valiente reconocer (aunque esté muy sobrevalorada la valentía) que mi crónica sobre los artistas que escuché en el festival será desde el desconocimiento total. Súmesele, además, mi analfabetismo en el análisis musical y mi ignorancia en hip hop, sampleos o música balcánica.

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Día 1

El primer día, para empezar, no vi a la primera banda. Estaba con Nico y tres personas más.
Cuando llegamos ya era de noche y había un cantante de reggae con una enorme bandana en la cabeza que le tapaba toda la mata de rastas. La gente parecía conocerlo porque cantaban sus canciones y agitaban en esas partes que “sabemos todos”.
Yaniss Odua se llamaba, y yo lo único que podía ver era esa mata enorme en la cabeza recogida a lo Marge Simpson.
El reggae es tan grande que aunque no conozcas nada sobre ese artista ni en el idioma que canta, sabes que le va andar cantando a la paz, la legalidad de la marihuana o, en su defecto, a África. Te pone a tono con el Todo, te vas desprendiendo de cosas que te hacen mal, te dibuja sonrisas, te da complicidades con quien tenés al lado, te envuelve como el sonido arrullador de un río en algún bosque. La música del reggae es un conjunto de ondas que fluctúan a tu alrededor y te van masajeando la piel de tu vida. Eso, o el porro que te fumaste para acompañar el clima.

Terminó ese cantante y vino a continuación una banda por la cual mis compañeros habían ido (sin contar a Manu Chao, claro está), Chineseman.

Eccausysteme
Había un gran estrado, luces y pantallas que proyectaban imágenes; y tres flacos parados frente a unas computadoras.
Antes de empezar me pregunté qué era lo qué definía el ser músico. Me acordé de Pappo discutiendo con un DJ en un programa de televisión, mandándolo a que se busque un trabajo digno y que le deje la música a los músicos.
Esos tres flaquitos empezaron a samplear sonidos y cosas raras que, obviamente, yo no entendía. Aunque no entendía la lógica de la música vi que mi cuerpo se movía, mis brazos se alzaban y agitaban con toda la masa de gente que parecía comprender de qué se trataba todo.
Muy a pesar de Pappo, eso era música.
Más y cuando apareció un tipo lleno de tatuajes, con una musculosa de los Boston Celtic y comenzó a hiphopear (no tengo idea si esa palabra existe). Ahí explotó todo: las luces, las imágenes, la gente. La energía del cantante que le daba voz a un tsunami de sonidos.
Luego otra ola: otro cantante, de bermuda, remera de Looney Tunes y un sombrero de pescador. Medio gordito y muy parecido al primo ese que trabaja haciendo software ocho horas al día y luego mata sus horas jugando a algún juego online de conquistar reinos y armar ejércitos.
Su voz y su manera de cantar estaban totalmente disociadas de la imagen que me pintaba. Cuando lo dejaba de mirar, era escuchar a un negro rapeando en alguna calle del Bronx, lleno de cadenas y con algún auto lleno de humo y mujeres de tanga floja.
Si, Chineseman valía mucho la pena. Yo, sin entender nada me vi llevado por esa masa en donde perdés tu individualidad y formás parte de un todo homogéneo, que baila como si en las próximas horas un holocausto bíblico terminara con toda nuestra existencia.

Si usted quiere seguir esta crónica tiene dos opciones:

  1. Seguir a mi blog Letras de Viaje y la descripción de la noche en que Manu Chao sonó a concepto y acción viva de música
  2. Ir a la publicación entera en la revista y leer toda la crónica.

Nicolás Marrero

Escritor nómada hace más de dos años, descubrió en el viajar su pasión y se acostumbró a vivir con cinco dólares por día. Lleva recorridos más de 35 países (a los que mayoritariamente entró a pie y cargando su mochila) y 15 mil kilómetros haciendo autostop, y tiene muchas historias que contar.
www.letrasdeviaje.com
Colaborador. Uruguay.
Nicolás Marrero
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